Francisco Pomares. Opinión de Tenerife.
De siempre he rechazado la polémica con la competencia. Siento un profundo desprecio por los periodistas que convierten su ombligo o sus propias cuitas en asunto de obligado interés para sus lectores. Por eso he intentado evitar siempre la polémica con quienes escriben en el periódico El Día. Por eso, y también porque siento una suerte de arcana simpatía por la que fuera una de las grandes cabeceras de la Transición política en España, cuando El Día era un periódico en el que en sus páginas cabía el debate ideológico desde las filas de la izquierda comunista hasta los últimos montoneros franquistas, un periódico instalado en el servicio público y la caballerosidad, un periódico que supo representar como ningún otro el vivir y el sentir de Tenerife y sus gentes. Además, ocurre que aprendí a entender el mundo en las páginas de El Día, y que en las de su hijuela Jornada publiqué mis primeros desahogos como aprendiz de periodista. Guardo en una parte de mi memoria un sentimiento de entrañable afecto y agradecimiento por los grandes periodistas que hicieron posible la transformación de un periódico secuestrado por el régimen y el falangismo en uno de los primeros periódicos de la democracia.
Por desgracia, El Día de hoy no es heredero de aquellos años en los que aprendí a querer este ingrato oficio. Una sombra de grisura y mediocridad se ha instalado en las alturas del diario, contaminando edición tras edición el buen trabajo de un montón de excelentes profesionales. La última zarandaja ha sido el editorial de este domingo, pidiendo que la reforma del Estatuto contemple convertir Gran Canaria en Canaria. Una entera página del periódico más comprado de Tenerife, dedicada a semejante infantil estulticia. Pero lo peor no es que un heredero de aquél gran periodista y mejor persona que fue Leoncio Rodríguez se permita tan monumental sandez. Lo peor es el cobarde silencio de la mayoría ante tal cancaburrada. -"Son las cosas de don José"-, te dicen los más tímidos, mientras los más dados al espectáculo -políticos, culturos, periodistas de otros foros y otras ondas- gesticulan, exageran y amagan sobre la obvia decadencia de una visión editorial ajena ya a este mundo y a su lógica moderna de intereses, derechos y expectativas.
Pero incluso esa parte de Tenerife que siente el despropósito lo consiente. Todos hablan a sus espaldas de ese editorialista que hace guiños xenófobos, clama sobre la pureza de la sangre, recuerda las glorias pasadas y arremete contra los "gcanarios" -así los llama- calificándolos de "ratas que soplan y muerden". Pero nadie se da por enterado. La vida pública tinerfeña languidece instalada en la omertá ante el exabrupto y la memez de las epístolas dominicales, como si no tuvieran ningún valor. Puede que sí lo tengan: han logrado callar al intelectual colectivo de la Isla."