Francisco J. Chavanel
Alegrémonos. Cayó la bandera de su pedestal a las cinco de la mañana de una noche ventosa, en víspera de sábado, que es víspera de descanso, de calles tranquilas, y de largos paseos de jubilados, matrimonios a misa cogidos del brazo, sueñitos de Morfeo de jovencitos con ganas de beberse la vida de un solo trago.
Ay si hubiese sido a las diez de la mañana del lunes, por ejemplo, en esa hora de prisa y urgencia, con una horda multitudinaria de coches de aquí para allá, hormiguitas llenando la ciudad de deseo e impaciencia, todos con el cerebrito centrado en llegar rapidito a ese lugar en el que reclamas la mayor brevedad para que el día se vaya por donde ha venido, o sea, para que vengan el martes y el miércoles, y así volver al fin de semana donde uno es uno, refugio de los atletas de la materia productiva, en fin, busquemos lo positivo, el paño de la bandera se suicidó a la hora correcta; se arrojó en medio del silencio y mientras la ciudad dormía: agradezcámosle la sensibilidad que demostró para evitar un trágico accidente, tal vez la muerte de un familiar nuestro, de uno mismo, de un amigo.
¿Y qué fue lo que sucedió? Asegura la empresa encargada de fabricar el monumento que todo se debió a “un defecto en la costura del cabo superior”. Supongo que tienen poca costumbre en fabricar banderas gigantescas, al menos por aquí, y que al carecer de experiencia la posibilidad de cometer el error se multiplica, aunque ello no debiera casar con quien gobierna el Cabildo, un ser que siempre pretende dar la impresión de que es infalible, que jamás se equivoca, que el mundo es mejor desde que él habita dentro. Desde ese punto de vista debiéramos ser tolerantes con quien cree estar cerca de la perfección, pese a que sus actos, de vez en cuando, incluso muy a menudo, le desmientan burlonamente.
Escuché a alguien: “Es un castigo divino”. Vaya, es curioso comprobar cómo las fuerzas opositoras también se acuerdan de Dios cuando el viento está a su favor. Según esta tesis el Arquitecto del Universo habría intervenido desatando la bandera del mástil para dejar bien claro que no hay soberbia planetaria capaz de igualarse con la suya. O que la humildad, la humildad de las clases sencillas y llanas, la humildad de cualquiera que no se sienta superior a nadie, es todavía en el tiempo que vivimos un valor positivo, y que aún hay alguien en el festival de la prepotencia isleña, que lo vigila, lo sabe, y actúa como Supermán confortando a los flojos de espíritu, estimulando las ilusiones de los pisoteados. Sí, es bonito este cuento de Navidad. El desplome de la bandera es el acto de una deidad que pone las cosas en su sitio y castiga el excesivo orgullo y la vanidad del tirano de los babilónicos.
Escuché a alguien más: “Seguro que detrás de esto están los socialistas”. Es una conclusión interesante pero insuficiente. Si a la palabra “socialista” le hubiesen unido “Nardi Barrios” o “Nacho González” o “CanariasAhora”, por sólo citar algunos nombres, estaríamos ante una conspiración relativamente bien armada, aunque se echan de menos en un paisaje de esas características unos cuantos árabes y sus correspondientes células, un poquito de ácido bórico o unas cintas de la Orquesta Mondragón halladas en el interior de una Kangoo y, definitivamente, un par de etarras de RH negativo. Si además algún politoxicómano, y confidente de la policía, pudiera afirmar en el periódico El Mundo que él vio a uno de los etarras –pongámosle Jon Askatukaluk- hablando con el conocido miembro de Al Qaeda, Ali Mushjoli, en el Bar Vigo de la playa de Las Canteras, sobre un encargo que tenían de Juan Fernando López Aguilar –por mencionar a un socialista ambicioso- acerca de una “bandera azul y amarilla”, no cabe duda de que estaríamos en el borde de una crisis nacional en la que la víctima sería ese bolsón de vanidad consentida que manda el Cabildo.
Se cayó la bandera y la volverán a izar. Incluso para engañar a la gente con pantomimas de amores folclóricos es necesario poseer alma y talento. Y el viento a favor.
Canarias Ahora