José A. Alemán
Un lector piensa que ayer formulé una regla de tres por la que serían xenófobos los países que controlan sus fronteras y las leyes de Extranjería. No creo que la exactitud matemática sea de aplicación a este tipo de temas, relacionados con la variedad de sentimientos, ideologías e intereses de cada cual. Desde luego, no admiten la regla de tres que pretende el lector.
Creo que la xenofobia es de los asuntos en que conviene insistir. Aclararé como punto de partida que no califiqué de xenófoba la manifestación santacrucera del domingo; sólo indiqué que así se empieza. Si nos atenemos a experiencias de otros pueblos, el peligro de deriva xenofóbica es real; y carece de rigor que de su señalamiento se infiera, por regla de tres ya digo, la calificación de xenófobos para los controles de frontera y las leyes de Extranjería. Tanto los unos como las otras lo serán o no según su contenido normativo y la aplicación que se haga, no por el mero hecho de que existan.
Claro que los controles en islas han de ser más estrictos. Es una obviedad en la que no me extenderé porque prefiero hablar del verdadero efecto llamada, que es, para mí y en nuestro caso, el modelo de desarrollo que el Gobierno canario mantiene y promueve.
Es difícil explicarse en tan poco espacio; pero imaginen una localidad de 200 habitantes a la que, de pronto, se le vienen encima inversionistas poderosos a construir sobre la marcha tropecientas mil camas, la tira de hoteles, campos de golf y demás. Los vecinos no reúnen mano de obra suficiente y cualificada para construir ni para trabajar en los nuevos establecimientos. Hay que traerla de fuera como sea (la ilegal es más barata) para un proyecto que, en términos de desarrollo sostenible y equilibrado, no aprovecha y sí perjudica a los doscientos vecinos.
Dicho a la pata llana, esa dinámica disparó la inmigración a escala insular y regional. Esto es tan sabido desde hace tanto que resulta chocante (y sospechoso) que venga a darse la voz de alarma a la llegada de los cayucos que podrá desbordar las posibilidades asistenciales y de acogida, pero no incide en las consecuencias demográficas de la inmigración. A la tentación xenófoba puede unirse la racista, qué quieren.
No he visto movilización contra ese modelo de desarrollo del Gobierno para el que, fíjense lo que les digo, sería contraproducente el control riguroso de fronteras. De ahí que la vigilancia no sea esmerada.
Miren a Fuerteventura. Los majoreros y su cultura comienzan a ser relegados. Se avisó de que podía ocurrir sin que los mandarines movieran un dedo.
Pero en eso no reparan los manifestantes y sus mentores cazavotos que tratan ahora de convertir a los inmigrantes y a los cayuqueros en chivos no sólo expiatorios sino explicatorios.
No hace falta decirles que no es una regla de tres.
aleman@canariasahora.com