José Manuel Pitti
"El pueblo, el fuego y el agua no pueden ser domados nunca" (Focílides)
No me se asusten, y, por favor, absténgase de cagarse en mis muelas antes de que llegue a la cuarta frase de mi cavilación. La Gala del Amargo Godo, celebrada anoche en el Recinto Ferial de Santa Cruz de Tenerife, fue técnicamente impecable, brillante, lustrosa, y, desde luego, resplandeciente. La Gala, sin discusión posible, tuvo ritmo, armonía, colorido, alegría, sustancia, y, contra todo pronóstico, enanos mentales por un tubo, y felizmente, incluso gordas.
No sé cómo pasó la censura Edith Salazar, que está preferentemente rechoncha, pero no cabe duda que el Amargo Godo –gran amigo de sus amigas y sorprendente defensor de las pinnípedas peninsulares- no disgusta de las robustas, como nos había hecho pensar, sino que rechaza exclusivamente, y no sé por qué ni por qué no, a nuestras hermosas aborígenes . Se trata de un extrañísimo agravio comparativo, porque, si de cotejar aparentes excesos anatómicos se trata –y nunca supe qué necesidad tenía el Amargo Godo de incurrir en semejante grosería-, no hay diferencia alguna entre la celulitis goda y la celulitis isleña. Mas, hermosuras al margen, ya les digo: la Gala fue técnicamente impecable, y, es más, felicito al Amargo Godo, entre otras razones porque no estoy seguro de que alguien le dijera –con la delicadeza debida para evitar heridas en su susceptibilidad- que debía organizar un espectáculo, a ser posible, preferentemente carnavalero.
Esta Gala, creo yo, habría disfrutado un éxito histórico e incluso cobrado entidad de efeméride, en el contexto de eventos más propiamente españoles, como "Miss Vallecas 1936", "Maja de Lepe 1812" o "La Chica Interviú de Puente Genil 345 a.C."; en cualquier ámbito peninsular, quiero decir, ajeno al Carnaval, y en una era más propiamente arcaica. La Gala del Amargo personaje, impecable desde el punto de vista técnico –me perdonen la majadería- porque debemos dar al César lo que es del César y al godo lo que es del godo, habría superado los registros de audiencia de los eventos cósmicos más importantes de este tiempo, por ejemplo, en una Plaza de Toros; lejos del escenario del Carnaval, y, sobre todo, lejos –absolutamente lejos- de Santa Cruz de Tenerife. La Gala del Amargo Godo, y me perdonen el rintintín, habría mejorado el impacto de la actuación de Frank Sinatra en el escenario de la Paramount y su primer casquete con Ava Gardner, o, mismamente, y no quiero desagerar, el bombazo del concierto de los Beatles en el "Nippon Budokan Hall", pero etiquetado como revista musical, a suponer, habría obtenido ese éxito sólo lejos del escenario del Carnaval, y, sobre todo, lejos –absolutamente lejos- de Santa Cruz de Tenerife. Respetaré todas las opiniones que se expresen, al respecto, en contra de mi indiscutible tesis doctoral, pero, desde mi punto de vista o mi punto de oreja, y por más que se empeñen ustedes en menospreciar quijotescamente al artista de esta España presuntamente plurinacional, Shakira no tiene mejor oído que Belén Esteban; Gloria Stephan es ampliamente superada por Rosario Mohedano, que, además, está que te cagas; y, desde luego, Dover no tiene nada que envidiar a Maná. Si me apuran, creo que el Amargo Godo es mucho más creativo que Steven Spielberg, y, llegando al punto esencial y por mucho que se las eche el Pollo de Arizona, Miguel Zerolo es mucho mejor alcalde –y acredita mejor hándicap- que Tiger Woods.
La gran pena, insisto, es que el Amargo Godo no hubiera sido informado de que debía preparar una Gala carnavalera, y no, como hizo, desorientado y desinformado -con su mejor voluntad desde luego-, la tremenda opereta colonial o el estridente cuplé ultramarino con el que –sin quererlo, sino haciéndolo adrede, el muy tolete- encochinó anoche al personal chicharrero; sin distingos, a la gorda, a la flaca, al enano, al gigante, al pobre, al rico, al listo, al tonto, y, en fin, a todo quisqui.
La culpa no fue del chachachá, en todo caso, como canta el Gabinete Caligari, y, naturalmente, tampoco responsabilidad exclusiva del amargo canchanchán, a quien debieron parar los pinreles desde que abrió la boca por primera vez, e, impartiendo esa típica lección cum laude que nos traen personajes de la más casposa intelectualidad, pegó a ejercer de españolito, y, en fin, a avasallar –con los modales del Retrasado Fernández de Lugo y el permiso kamikaze y servil de la presunta autoridad chicharrera- a nuestras gentes. Si el alcalde le hubiera echado palo y bolas al asunto, y lo hubiera arrestado un par de horas en un putting greang al margen de darle un veriscasillo apenas con ese fuste que llaman pitching wedge, el Amargo Godo habría podido sucumbir a los humanos efectos de un ataque de humildad, mas –consintiéndole tanta chulería, tanto desprecio y tanto ultraje a nuestros carnavaleros, a nuestras gordas, a nuestros enanos y a nuestro auditorio- auspició que se le amontara en la chepa, hiciera lo que le salió de sus goditos, y, lo que fue peor, organizara, como ofreció finalmente, la puta monofonía, el jodido music hall, el puñetero rockabilly, o, vaya usted a saber e incluyendo las inmensas pollabobadas de Pepón Nieto y el tal Fonsi, el tremendo circo chino con el que quiso sustituir –minimizando, ninguneando y humillando a murgas, comparsas y rondallas- el más elemental espíritu carnavalero.
La culpa del oprobio no fue del chachachá y la responsabilidad de la afrenta tampoco es exclusiva del amargo canchanchán, sino de un alcalde, como Miguel Zerolo, a quien se brindó la posibilidad de supervisar el minutado del espectáculo, a quien no sirve –por tanto- el pretexto del desconocimiento del planteamiento de la presunta fiesta y a quien yo suponía, en fin, más espabilado, menos pasota, más responsable, y, en la defensa de la pureza de una fiesta tradicional de este pueblo, algo nacionalista. En lugar de dictar evaluaciones y exponer pretextos pueriles, el probe Miguel –que anoche me se pareció más que nunca a Forest Gamp- perdió la gran oportunidad de pedir perdón al auditorio por haber atendido la recomendación del mamón que le recomendó a este amargado virrey andaluz, por no haberse tomado la molestia de impedir que una gala carnavalera fuera protagonizada por triunfitos, alegadoras, fracasitos y lengüines, y, sobre todo, por haberse dejado engañar por el godo –el susobicho Amargo- más bobo de todos los tiempos.
Quiero dar las gracias a los "Diablos Locos", porque –negándose a participar del esperpento con íntegra dignidad carnavalera, chicharrera, tinerfeña y canaria- dijo a esta panda de godos, y al alcalde Tigger Zerolo Wood, que hace tiempo que los aborígenes isleños dimitimos de mansos, dóciles, sumisos, o, lo que es lo mismo, pollabobas. Increíblemente dormido el probe Miguel, los Diablos Locos –valientes, atrevidos, decentes y honorables- se anticiparon al 27 de Mayo, y, obteniendo merecidamente la ovación cómplice de los paisanos que llenaron el Recinto, corrigieron el vacío de poder, asumieron el gobierno de Santa Cruz de Tenerife, y, con la colaboración del auditorio, defendieron, por fin Dios mío, la dignidad de este pueblo. No creo que el probe Miguel esté por la labor, pero, sin coñas, estos diablos –que incorporan los cojones justos para parar los pinreles y frenar la típica altivez del godo- se han hecho acreedores al nombramiento de Hijos Predilectos de la Muy Noble, Leal e Invicta Ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Estos benditos "Diablos Locos", venerados y sabios diablos en la realidad, dispararon a la línea de flotación y amputaron la soberbia del Amargado Canchanchán Nelson , y, bravos como aquel aguerrido soldado de Valleseco en otra era histórica, nos salvaron de los letales efectos de un enésimo ataque pirático godo. Gracias, Diablos Cuerdos.
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