Jueves, 17 de julio de 2008

Foro contra la Incineración. Ya sé que contar esta historia puede ser una estupidez para algunos, pero estoy seguro de otros entenderán lo que siento. Todo empezó cuando yo era niño, adolescente más bien. Se celebraban las recordadas ferias de artesanía de La Guancha, en cuya organización yo colaboraba altruistamente, y conseguí en ese evento dos pequeños pinos canarios que regalaba el Cabildo de Tenerife para repoblación forestal. Como por entonces yo vivía en Buen Paso, en el vecino pueblo de Icod de los Vinos, y mis padres disponían de una hermosa ladera con huertas entreverada de algo de vegetación natural, decidí traerme esos pinitos para mi casa y plantarlos. No faltó algún vecino agricultor que ironizó con que yo plantara dos pinos canarios en vez de un almendrero o cualquier otro árbol que diera fruto, pues pinos, lo que se dicen pinos, no faltan precisamente en el valle de Icod. Lo cierto es que a mi se me metió en la cabeza esa idea y, oiga, no paré hasta que abrí dos hoyos en la parte más alta, umbría e inaccesible de la ladera de mis padres, con una hermosa vista al barrio de Buen Paso y al Átlántico, y metí aquel arbolito indefenso. Era cosa de admirar cómo en las semanas y meses siguientes yo ascendía las empinadas veredas con dos cubos de agua para regar los dos pinos, que eran como dos hijos. Yo empecé a darme cuenta entonces lo que le cuesta a la vegetación canaria arraigar y progresar. Bien mirado, hay árboles que, en esa cota entre la costa y las medianías, allí donde llueve de higos a brevas, constituyen todo un ejemplo de superación natural, de heroica supervivencia, de hacer de tripas corazón y echar para adelante hasta convertirse en altos árboles de gran porte, como ocurre con los pinos canarios. Estuve varios años regándolos, hasta que mi padre, hombre que conoce bien el campo y sus secretos, me convenció de que los pinos no necesitaban tantos cuidados, que ellos sobrevivirían de ahí en adelante, y que yo los estaba mimando demasiado. Y pasó un año, y otro, y otro... y así han pasado ya 23 años, y muchos avatares en mi vida. Aquellos dos pinos, que han crecido lentamente, hoy son unos árboles capaces de darme sombra, y ya se ven a lo lejos en aquel paisaje memorable de mi infancia. Se ven, por ejemplo, desde la carretera general de La Guancha. A todas estas se preguntarán ustedes adónde demontres quiero yo llegar contándoles todo esto.

Pues bien, terminaré el cuento: uno de esos pinos -ojalá no sean dos- está afectado por el proyecto de autovía entre Icod de los Vinos y Adeje. Con los planos en la mano, ese pino lo van a talar o entullar. Morirá, al parecer, irremisiblemente por el avance de las palas. A mis padres esa carretera les lleva un par de cientos de metros cuadrados: la esquina de un goro y un poco de vegetación natural. Ya dije al principio de esta historia que para algunos este cuento les iba a parecer una estupidez, y para otros, sobre todo a quienes ese proyecto les lleva la casa o una gran finca, mi pino es una soberana nimiedad. Pero es obvio que para mi tiene un gran valor ese ejemplar, y en cierto modo es un símbolo para mi. Yo ya sé que en este mundo de especulaciones urbanísticas y de glorificación del asfalto y el cemento este tipo de sentimientos hacia un arbolito no va a conmover a los políticos que han trazado esa carretera. Pero yo, que no tengo coche ni carné de conducir, siento que me arrancan a un hijo de entre mis manos con esa carretera. Imagino cuántos pinos caerán bajo las palas, o cuántos ejemplares de otras especies vegetales con igual derecho que mi pinito. Yo no sé si ustedes han visto cómo crece una tabaiba, lo hermosa que se pone cuando las lluvias hacen brotarle las ramas, o el esplendor de esas plantas que estallan con un verde inesperado con las primeras aguas de otoño, o el amarillo irresistible y ufano de las flores de los algarrobos... Todo eso lo he mamado yo en la ladera de mis padres, igual que mamé el cultivo de las papas, la vina, el millo, los plátanos, los tomates, los duraznos... Ya nada de eso existe, las huertas están abandonadas porque, por mi devenir profesional, no he podido tomar el relevo generacional, y a mis padres les llegó el merecido descanso de la jubilación tras mucho lidiar con la dureza del campo. Pero nunca ví en esas huertas con la apetencia de un solar urbanizable. Yo las sigo viendo como tierra que son, y de la un día tal vez vuelva a extraer el lento fruto que ha alimentado siempre a la humanidad. Por entre esas malezas se asoman mis dos pequeños pinos. Uno de ellos está amenazado de muerte. ¿Qué puedo hacer? No sé. De momento contar en estas generosas páginas del Foro mi desazón, mi tragedia personal con la autovía Icod-Adeje. Es el progreso, me dice alguien, pero yo -que gracias a mis padres pude estudiar con lo que ellos sacaban de esas tierras- no me trago ya ese cuento así porque sí. Prometo un día enviar a este foro una foto de mis pinos, que son también los de ustedes, porque, al fin y al cabo, la Tierra es de todos.

Vicente


Publicado por ubara @ 10:39
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